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ISSN 1989-4163

NUMERO 12 - ABRIL 2010

 

El violinista de Mauthausen

Diego Prado

Andrés Pérez Domínguez. Editorial Algaida, 479 pág., 20 euros.

Con su cuarta novela extensa, el escritor sevillano Andrés Pérez Domínguez ha logrado el premio Ateneo de Sevilla, y por tanto trascender hasta un público amplio, redoblando este mérito con una obra tan incómoda por su temática como necesaria por su justa reivindicación histórica: la suerte que corrieron los prisioneros españoles del campo de exterminio de Mauthausen. Pero, como sucedía en sus novelas anteriores, este hecho trágico constituye sólo el punto de apuntalamiento argumental para que el autor indague en algunas de sus obsesiones recurrentes: el sentimiento de culpa, el concepto del honor, la traición y el amor como detonantes de los siempre contradictorios pliegues psicológicos de sus personajes, etc. Precisamente una de las bazas de la prosa ágil y contundentemente efectiva de Pérez Domínguez reside en su innata facilidad para rastrear los más recovecos sótanos de sus protagonistas (por lo general, perdedores y desencantados). En efecto, como sucedía en su primera novela, “La Clave Pinner” (Roca, 2004), de nuevo son cuatro personajes principales los que sostienen el entramado del relato, turnándose unos a otros bajo el foco que el autor expone sobre cada cual de ellos en constantes analepsis y cambios de primera a tercera persona, aún corriendo el riesgo de que ello pueda llevar a ciertas digresiones que alteren el ritmo de la acción, y a algunos pasajes reiterativos por haber sido referidos ya a través de algún otro de los personajes implicado. Con todo, Pérez Domínguez resuelve con sobrada solvencia los diferentes tiempos y escenarios en que se desenvuelve la trama, desde las páginas más duras, centradas en la experiencia de Rubén -exiliado republicano español- en Mauthausen, hasta los capítulos más cercanos a la trama de espionaje (que conecta de algún modo con el tono de la citada “La clave Pinner”, a la que dedica algunos guiños). Si en estos últimos episodios se asoman ecos de autores bien asimilados por Domínguez (desde Greene o Le Carré al mismo Simenon), es en los pasajes que acontecen en el campo de concentración donde leemos algunas de las páginas más brillantes del libro, en las que Pérez Domínguez demuestra su altura de buen narrador.
La lectura de “El violinista de Mauthausen” deja, en definitiva, ese poso añorante de película de época (es fácil evocar algunos filmes clásicos donde también tenemos un triángulo amoroso de por medio), ese gusto agridulce de los relatos que acaban no en un final feliz, acaso predecible, sino con el mejor final posible. Pérez Domínguez posee el don inusual de saber crear personajes sólidos para lanzarlos luego al vendaval terrible de la historia reciente. Y ésta novela, dolorosa y también esperanzada, es la mejor prueba de sus aptitudes y de su talento. 

 
 

Violinista

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